RELATO CORTO – EL ECO EN LA MENTE

EL ECO EN LA MENTE

Desde que se mudó a aquella vieja casa en las afueras del pueblo, Laura sintió que algo no estaba bien. No era solo la humedad que se colaba por las paredes ni el crujir constante de las vigas al anochecer. Era algo más profundo, un susurro apenas perceptible que parecía emanar de las sombras mismas.

Al principio, pensó que era su imaginación. El estrés del trabajo, la soledad, todo podía jugarle trucos. Pero las voces comenzaron a hacerse más claras, más insistentes. No eran voces ajenas, sino ecos de sus propios pensamientos, distorsionados y retorcidos, como si alguien dentro de su cabeza jugara con sus miedos.

Cada noche, al apagar la luz, el susurro se convertía en un murmullo que la envolvía. Palabras sueltas, fragmentos de frases que no lograba entender del todo, pero que la hacían sentir observada, juzgada. Intentó ignorarlo, pero la sensación de que alguien la acechaba desde dentro de su mente crecía con cada amanecer.

Una noche, decidió grabar el sonido. Colocó su teléfono junto a la almohada y se dejó llevar por el sueño. Al día siguiente, reprodujo la grabación. Al principio, solo se escuchaba el silencio y su respiración. Pero luego, un susurro claro y frío emergió: “No estás sola”.

EL ECO EN LA MENTE
EL ECO EN LA MENTE

El pánico la paralizó. ¿Quién hablaba? ¿Cómo era posible? Intentó racionalizarlo, pensar que era una broma, un fallo del dispositivo. Pero la verdad era que sentía que algo la estaba consumiendo desde dentro, una presencia invisible que se alimentaba de su miedo.

Los días siguientes, Laura comenzó a perder la noción del tiempo. Las voces se mezclaban con sus pensamientos, haciéndola dudar de su propia cordura. Veía sombras moviéndose en el rabillo del ojo, sentía dedos invisibles rozando su piel. La casa, que antes parecía un refugio, se había convertido en una prisión.

Una noche, mientras intentaba dormir, escuchó una voz distinta, más cercana, más personal. Decía su nombre, susurrado con una ternura que helaba la sangre. Se levantó, temblando, y recorrió la casa en busca del origen. Pero no había nadie.

De repente, la voz cambió, se volvió cruel y burlona. “¿Ves? No puedes escapar de mí. Soy parte de ti”. Laura gritó, pero el sonido se ahogó en su garganta. La realidad comenzó a desmoronarse, y la casa se transformó en un laberinto sin salida.

En su desesperación, intentó romper las ventanas, golpear las paredes, pero nada funcionaba. La presencia estaba dentro, y no había forma de expulsarla. Su mente se convirtió en un campo de batalla, donde la oscuridad ganaba terreno.

De golpe, un olor ácido se coló por su nariz. Algo o alguien, pensó, se había colado en su habitación

Finalmente, Laura se rindió. Se sentó en el suelo, abrazando sus rodillas, mientras las voces y el nauseabundo olor, la envolvían en un abrazo frío y eterno. Sabía que nunca saldría de allí, que la casa y la sombra dentro de ella serían su condena para siempre.

Y en el silencio que siguió, solo quedó un eco: el de una mente perdida en su propio terror.

De pronto, tras unos minutos que parecieron una eternidad una voz amiga sonó tras la puerta de su habitación. —¿Está bien Laura? —dijo aquella voz familiar.

—¿Eres tú, Mario? ¡No! ¡Hay alguien o algo aquí dentro!

La puerta se abrió con rapidez y dejó entrar un resquicio de la luz del pasillo iluminando el rostro de Mario mientras cruzaba la puerta. El joven pulsó el interruptor y la habitación salió de la penumbra.

—No tengas miedo. Abre los ojos, te darás cuenta que has tenido un mal sueño y que aquí solo estamos tu y yo. Toma bebe un poco y acuéstate de nuevo, —le dijo Mario acercándole un vaso.

Laura tardó unos instantes en reaccionar y con ojos asustados recorrió la habitación. Su nariz ya no percibía el desagradable hedor y en su cabeza había desparecido el eco de sus pensamientos. Sintió que el sopor la invadía y acompañada por Mario, se tumbó de nuevo en la cama. Entonces susurró: —gracias Mario —y sus ojos se cerraron y su respiración se acompasó con un sueño, de momento, plácido.

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Eran las ocho de la mañana cuando Mario, bastante cerca de la puerta de la habitación de la muchacha, hablaba con un hombre de pelo canoso que le preguntaba: —¿Todo bien Mario?

—Esta noche, —comentó el muchacho— Laura ha tenido una pesadilla. Ha oído voces, ha comentado que había un olor desagradable en la habitación y estaba convencida de que había alguien dentro.

—¿Le has dado algo?

—Unas gotas de Sedonat. En seguida se ha dormido.

—Llevamos ya una semana sin conseguir estabilizarla. Le aumentaré la dosis de antipsicóticos y si no hay resultados en tres o cuatro días, hablaré con su familia de la necesidad de usar electroshocks.

El Eco En La Mente – Serie Relatos Cortos – Copyright ©Montserrat Valls y ©Juan Genovés

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