RELATO CORTO LA SOLUCIÓN DEL NIÑO

LA SOLUCIÓN DEL NIÑO

En la antigua ciudad de Lirena, un río serpenteaba con fuerza a través de sus calles y campos. Durante años, sus crecidas habían causado estragos: casas inundadas, cultivos arruinados y familias desplazadas. Los mejores eruditos de la ciudad se habían reunido para encontrar una solución, pero nada parecía funcionar.

Cada día, en la gran sala del Consejo, los sabios discutían teorías complicadas, construían modelos y diseñaban máquinas para contener el río. Sin embargo, el agua seguía desbordándose, como si el río tuviera voluntad propia.

Mateo, un niño de ocho años, vivía cerca del río. Para él, el agua no era un enemigo, sino un viejo amigo que a veces se enfadaba. Pasaba horas jugando en la orilla, observando cómo el agua corría, cómo las plantas crecían y cómo los animales se movían alrededor.

LA SOLUCIÓN DEL NIÑO
LA SOLUCIÓN DEL NIÑO

Una tarde, mientras lanzaba piedras al agua, Mateo notó algo curioso. En un tramo del río, donde crecían unas plantas verdes y altas, el agua parecía más tranquila, y el suelo no estaba tan mojado como en otros lugares. También vio que los pájaros y pequeños animales se refugiaban entre esas plantas, como si supieran que allí estaban seguros.

—¿Por qué no crecen estas plantas en toda la orilla? —se preguntó en voz alta.

Al día siguiente, Mateo fue a la plaza del pueblo, donde los eruditos se reunían. Con paso decidido, se acercó al grupo y dijo:

—Hola, creo que he encontrado una solución para el río.

Los eruditos se miraron entre sí, sorprendidos de que un niño interrumpiera su reunión.

—¿Y cuál es esa solución, pequeño? —preguntó el más anciano, con una sonrisa amable pero escéptica.

—He visto que donde crecen esas plantas, el río no se desborda tanto. Si plantamos más de ellas en las orillas, el agua se quedará quieta y no inundará la ciudad.

Los sabios rieron suavemente.

—Mateo, lo que propones es demasiado simple. Hemos estudiado el río durante años y necesitamos soluciones más complejas.

Pero Mateo no se rindió.

—Por favor, solo déjenme plantar esas plantas. Si no funciona, prometo no molestar más.

Los eruditos, cansados y sin más ideas, aceptaron a regañadientes.

Mateo comenzó a plantar semillas a lo largo de la orilla, con la ayuda de algunos vecinos curiosos. Día tras día, las plantas crecieron, y poco a poco, el río comenzó a comportarse diferente. Las crecidas ya no eran tan violentas, y las inundaciones disminuyeron.

Los eruditos quedaron asombrados. Habían pasado años buscando soluciones complicadas, y la respuesta había estado en la naturaleza, observada por un niño.

En la siguiente reunión del Consejo, el anciano sabio se levantó y dijo:

—Hoy hemos aprendido una lección valiosa. A veces, la sabiduría no está en la complejidad, sino en la simplicidad y en la mirada fresca de quienes no están atrapados en viejos paradigmas.

Mateo sonrió, feliz de haber ayudado a su ciudad.

Desde entonces, la gente de Lirena cuidó el río con respeto, plantando y protegiendo la vegetación que lo mantenía en equilibrio. Y Mateo, el niño que vio lo que los sabios no pudieron, se convirtió en un símbolo de esperanza y humildad para todos.

La Solución Del Niño – Serie Relatos Cortos – Copyright ©Montserrat Valls y ©Juan Genovés

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