RELATO CORTO BIKINI
BIKINI
Peter, aquella fría noche de New York, deambulaba sin rumbo buscando un umbral de un comercio, suficientemente amplio, para tumbarse a dormir.
De estar en una posición económica bastante aceptable, había pasado en poco tiempo a convertirse en un sin techo.
Aunque habían pasado ya algunos meses, seguía sin entender porque le había pasado todo aquello. Un divorcio inesperado y para él inexplicable, le sumió en una profunda depresión y esta depresión, le costó su trabajo.
Deprimido, sin trabajo y sin seguro médico, pronto se acumularon las deudas y con ellas llegó el desahucio. Seguía vivo, pero sin esperanzas, acosado por la mugre y el hambre.
Vio entonces una tienda de mobiliario cuyo umbral era los suficientemente grande para montar su campamento… aquellas cajas de cartón y harapos que transportaba consigo y que de noche se convertían en su poco confortable vivienda.
Instaló todos sus bártulos y antes de tumbarse se acercó a las papeleras cercanas donde buscaba algún bocado que echarse a la boca… Se sorprendió cuando encontró, aún caliente, un sándwich de jamón y queso, que por alguna inexplicable razón habían tirado antes de darle un solo bocado.

Lo contempló casi con adoración, era todo un manjar. Recordó que, en su viaje de bodas hacía muchos años estuvo en Barcelona, le había sorprendido que allí a este sándwich le llamaran “bikini”. Al parecer, por lo que le habían explicado, debía ese nombre a una sala de baile que existía en la ciudad.
Se dispuso a hincar el diente en aquella exquisitez cuando un enorme y escuálido perro vagabundo, se acercó a él. Sintió auténtico pavor cuando aquel animal de pelo ralo se le acercaba con rapidez.
De pronto, el animal se detuvo y se sentó frente a él. Ladeó su cabeza y poniendo expresión lastimera le miró fijamente y, como si esbozara una sonrisa, la ladeó hacia el otro lado bajando las orejas en actitud suplicante.
Peter, aunque estaba hambriento, comprendió que aquel animal también lo estaba y, solidariamente partió el sándwich en dos idénticos pedazos. El chucho dio buena cuenta de su parte en un instante, pero como entendiendo la situación se tumbó a los pies de Peter sin pedirle nada más.
Cuando el hombre se dirigió a su improvisado habitáculo el can le siguió y se tumbó junto a él. El calor del cuerpo del animal y le hizo más soportable el brutal frío de aquella noche.
Al levantarse, pronto, para no entorpecer a quienes abrieran la tienda, como cada día se dirigió a la puerta de un supermercado, se sentó en la calle cerca de la puerta, puso un vaso de cartón con algunas monedas en el suelo y un letrero escrito sobre uno de los cartones que decía: “Ayúdenme. No tengo nada”.
Para su sorpresa, el perro le había seguido y para su asombro, se sentó junto a él y cada vez que entraba o salía alguien del supermercado, como si comprendiera cual era su misión, adoptaba la misma estrategia que había usado con él la noche anterior.
La realidad es que, con la ayuda del perro, por primera vez en meses, había conseguido el dinero suficiente para comprar provisiones para ambos.
Poco tiempo después se habían convertido en inseparables. Peter había decidido llamarle “Bikini” y el animal parecía entenderlo perfectamente, movía su cola y se le acercaba, cada vez que pronunciaba esta palabra.
Tres meses después de haber iniciado esta amistad, Peter ya no se sentía depresivo y comenzó a pensar que podía hacer para salir de aquella ignominia que le tocaba vivir
Las noches ya no eran tan frías y se veía algunas personas paseando por la ciudad. Una de aquellas noches, cuando Peter había encontrado un umbral de tienda adecuado para acoger a ambos aquella noche, un alarido de mujer rasgo el silencio de la noche.
Bikini salió disparado hacia donde había procedido el chillido, Peter fue tras él… Un tipo extraño estaba tratando de robar a una mujer y, de repente se encontraba en el suelo con el perro encima atenazando su brazo con la boca.
Cuando Peter llegó, el facineroso había conseguido zafarse y huía como alma que lleva el diablo. La señora se encontraba en pleno ataque de pánico. Él se acercó con prudencia y tratando de calmarla le dijo: —No tenga miedo, ya ha pasado todo.
La mujer, hipeando, por el llanto contenido, respondió mientras le miraba: —Sí. Tal vez estoy viva gracias a su perro.
Se dio cuenta entonces que Peter era un indigente. De esos indigentes que tanto asco y miedo le daban a ella. De esas sucias personas a las que siempre veía como potenciales malhechores.
—Me alegro de haberla podido ayudar —dijo el hombre comenzando a alejarse. Bikini se disponía a seguirle, cuando la mujer dijo: —¡Espere!
—Dígame señora.
—¿Necesita trabajo? —dijo la mujer tratando de no resultar ofensiva.
—Sí. —respondió sorprendido.
—Venga a verme mañana por la mañana y le buscaré algún empleo. —dijo acercándole una tarjeta.
Peter la cogió y vio que era una empresa de sistemas informáticos y él era ingeniero de sistemas… entonces balbuceó: —Es que no tengo ninguna ropa adecuada que ponerme. Tampoco no quiero que se sienta obligada…
—Venga mañana a las 7:30 y uno de mis empleados le acompañará a comprase algo de ropa y a una pensión donde acepten perros para que pueda vivir de manera digna hasta que pueda buscarse algo mejor.
Peter, con lágrimas en los ojos, le agradeció su gesto y mirando a Bikini, pensó que medio sándwich de jamón y queso le había proporcionado una nueva oportunidad. Ambos se dirigieron, por última vez, a su insano dormitorio.
Bikini – Serie Relatos Cortos – Copyright ©Montserrat Valls y ©Juan Genovés