RELATO CORTO – ACERTIJOS

ACERTIJOS

Pedro se dirigía a su habitación para acostarse. De repente, percibió algo extraño. Sintió que un sopor raro lo invadía.

Despertó con la boca seca y el corazón golpeándole las costillas como un animal encerrado. La habitación era húmeda, de techo bajo, con paredes desconchadas. Olía a madera vieja, polvo y encierro. Tardó unos segundos en comprender que no estaba en su casa.

Al mirar alrededor, un recuerdo infantil le atravesó la mente con una claridad insoportable. Era aquella vieja casa del pueblo. De niño, le había producido un terror irracional. Desde la ventana había visto al granjero degollando conejos en el patio. Luego los despellejaba con una calma monstruosa.

Entonces oyó una voz, seca y cercana, que parecía salir de las paredes.

—Si quieres salir de aquí, tendrás que cruzar tres dependencias. Pero para poder salir de cada una deberás resolver un acertijo. Si te equivocas, o intentas cruzar la puerta sin resolverlo, una enorme cuchilla te matará.
ACERTIJOS
ACERTIJOS

Pedro tragó saliva. El miedo le nublaba el pensamiento. Aun así, se levantó. Dio un paso hacia la puerta, convencido de que quizá todo era una broma cruel. Apenas deslizó el pie izquierdo sobre el umbral, un chasquido metálico cortó el aire. Retiró la pierna de un salto. Una cuchilla descendió con violencia y arrancó la punta de su zapato. Cayó sentado, temblando. Miró su pie. Le faltaba un pequeño trozo de cuero. Por un instante, estuvo seguro de que había perdido el dedo gordo.

—Deja de hacer el imbécil y resuelve el primer acertijo —dijo la voz.

En la habitación había tres cajas grandes. Cada una tenía un agujero lateral por el que solo podía introducir el brazo. En una ponía “manzanas”, en otra “naranjas” y en la tercera “mezcla de manzanas y naranjas”. La voz continuó:

—Todas las etiquetas son falsas. Solo puedes meter la mano en una caja, sacar una pieza y, a partir de eso, decir qué hay en cada una.

Pedro cerró los ojos, respiró hondo y metió el brazo en la caja etiquetada como “mezcla”. Sacó una manzana.

Sonrió, aunque seguía aterrado.

—La caja de “mezcla” contiene solo manzanas —dijo—. Como la etiqueta es falsa, no puede ser mezcla. Entonces la caja de “manzanas” no puede contener manzanas ni mezcla. Así que contiene naranjas. Y la caja de “naranjas” contiene la mezcla.

La voz guardó silencio unos segundos.

—Correcto. Pasa.

La segunda dependencia era más estrecha. Estaba iluminada por una bombilla amarillenta que colgaba del techo. En el centro había dos puertas idénticas. Sobre una, una inscripción: “Salida”. Sobre la otra: “Muerte”. Frente a ellas, dos guardianes inmóviles. Uno siempre decía la verdad. El otro siempre mentía. Solo podía hacerse una pregunta a uno de ellos para saber qué puerta conducía a la salida.

Pedro sintió que el sudor le corría por la espalda. Pensó en preguntar directamente, pero eso no serviría. Entonces recordó el viejo truco de los acertijos lógicos. Se acercó al guardián de la izquierda.

—Si yo le preguntara al otro guardián cuál es la puerta correcta, ¿qué me respondería?

El guardián señaló la puerta de la derecha.

Pedro entendió al instante. Si se lo preguntaba al veraz, diría la mentira del mentiroso. Si se lo preguntaba al mentiroso, mentiría sobre la verdad del veraz. En ambos casos, la respuesta indicaba la puerta equivocada.

—Entonces la salida es la de la izquierda —dijo, y cruzó sin dudar.

La tercera dependencia era aún peor. En el suelo había tres cuerdas colgando del techo, pero solo dos llegaban a la salida situada al fondo. La voz habló de nuevo:

—Una de estas cuerdas activa la salida. Otra activa la cuchilla. La tercera no hace nada. Solo puedes tirar de una.

Pedro observó las cuerdas. Una era áspera y vieja. Otra, nueva y bien tensada. La tercera parecía cortada y remendada. Pensó en el patrón de las trampas anteriores. Una solución debía basarse en eliminar posibilidades.

Entonces notó algo. La cuerda remendada tenía un nudo extraño. Parecía manipulada para engañar. La nueva parecía demasiado evidente. La vieja, en cambio, le pareció en la oscuridad del techo que pasaba por una polea y se unía a algún mecanismo.

Aunque recordaba haber oído que en el acertijo de las cuerdas y la campana, la respuesta era la nueva, pensó que esa debía de ser la trampa. Casi sin pensar, dijo:

—La vieja…

Se oyó retumbar la voz.

—Has estado de suerte… Puedes marcharte…

Pedro se acercó a la salida. Justo al cruzar el umbral, una bocanada de un extraño gas le golpeó el rostro. Sintió que perdía el conocimiento. La voz decía algo que no terminó de entender.

Al recobrar el conocimiento, no era consciente del tiempo transcurrido. Aterrorizado, abrió lentamente los ojos.

Se sorprendió gratamente al ver que estaba en su cama, en su casa. Sonrió y se convenció de que todo había sido una pesadilla.

Fue a ducharse. Luego tomó un café y comenzó a vestirse.

Al ponerse los zapatos, su rostro palideció. Su corazón se aceleró. A su zapato izquierdo le faltaba la punta.

Entonces, justo entonces, en su cabeza se hicieron nítidas las últimas palabras de aquella horrible voz: —Esta vez has tenido suerte. Veremos qué pasa la próxima…

Acertijos – Serie Relatos Cortos – Copyright ©Montserrat Valls y ©Juan Genovés

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